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Festivales y circuitos musicales

De escenarios a plataformas de circulación y visibilidad


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En este capítulo abordaremos el rol de los festivales en el contexto actual de la música; los analizaremos desde dentro hacia afuera, buscaremos comprender sus circuitos, sus marcas diferenciales, sus lógicas de trabajo y, sobre todo, su potencialidad a la hora de contribuir con la circulación y la visibilidad de nuestra música.

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Por Nicolás Wainszelbaum

Sociólogo (UBA), gestor cultural y docente universitario. Desde hace 15 años trabaja en gestión cultural, específicamente en el campo de políticas públicas para las industrias creativas. En el sector musical, desarrolló el Ciclo Nuevo! (Centro Cultural San Martín 2004-2005); fue director ejecutivo de las dos primeras ediciones de BAFIM (Feria Internacional de la Música de Buenos Aires; 2006/7) y desde hace siete años es director ejecutivo del Festival del Bosque (FIFBA) y su mercado de la música (Provincia de Buenos Aires, 2009-2015). Es director de Industrias Creativas del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Se desempeña como docente de grado y posgrado en la UNTREF y dictó cursos y ponencias a nivel nacional y regional.


NUEVOS ACTORES CULTURALES

Hemos asistido en los últimos años, tanto a nivel nacional como regional, a una expansión inédita de los festivales de música en particular y de los eventos musicales en vivo en general. Se trata de una multiplicación que, aun con algunos antecedentes históricos, no había alcanzado los actuales niveles de diversidad, especialización e impacto.

Se trata de un fenómeno que abarca una gran diversidad de festivales, que puede ser estructurada según el tipo de organización que los promueve (los hay públicos y privados), sus objetivos (desarrollo artístico, fines de lucro, promoción profesional, visibilidad de marcas, etc.), sus formatos (intensivos, periódicos, abiertos, pagos, en recintos cerrados o predios abiertos, etc.), sus marcas territoriales (de anclaje local, federales, universitarios, etc.).

Más allá de tales características y diferencias, lo que sí aparece como indudable es que el festival, en tanto nuevo actor cultural, ha llegado para ocupar un rol cada vez más importante en las formas de circulación y en los nuevos hábitos de consumo de la música. Este lugar destacado y estratégico en el ecosistema de la música, exige que el diseño y gestión de los festivales se vuelva cada vez más profesional, especializado y eficiente, de modo de asegurar tanto su finalidad como su supervivencia, en un arco de modelos que va de las opciones masivas a las propuestas de nicho.

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Para entender este nuevo rol de los festivales en el campo de la música es necesario, en primera instancia, contextualizar el ingreso de nuevos actores en la denominada “industria musical” y el modo en que ha ido variando el imaginario acerca del éxito en el mundo de la música: asistimos a la emergencia de un sector independiente que pone el foco en la circulación y las redes antes que en la venta, y en las presentaciones en vivo antes que en la edición discográfica.

En este contexto surge con fuerza la entidad“festival”, la cual abre a su paso algunas preguntas que guiarán nuestro recorrido. A continuación, vamos a compartir algunas respuestas posibles para entender cómo se definen los festivales, para comprender el funcionamiento de sus circuitos, para analizar sus lógicas de programación y para compartir algunas ideas para que, cuando te toque subir al escenario, no dejes pasar la oportunidad y aproveches al máximo estos nuevos espacios.

 

ARQUITECTURA DE UN FESTIVAL

Desde hace algún tiempo hay una tendencia en aumento: Argentina, América Latina y el mundo están superpoblados de festivales musicales. Si algo se ha consolidado en estos años es la apertura en la escucha y una capacidad inédita para escuchar lo diferente. Son buenas noticias para los amantes de la música, el surgimiento de escenas y el desarrollo de nuevos negocios para el sector.

Comencemos por definir a este nuevo actor cultural. En línea con Lluís Bonet, podemos afirmar que un festival es un encuentro limitado en cantidad de días, con presentación de conciertos o eventos, que debe incluir una mínima cantidad de horas y tener un factor de “excepcionalidad”. Es decir, que no repita las características de una programación estable (de un ciclo, sitio cultural o espacio público) y que construya su identidad a partir de un conjunto de elementos propios. Para completar esta primera definición agregamos, además, que el festival debe cumplir con cierta periodicidad.

Un festival debe ser capaz de crear un “tiempo propio” y ayudar a que, al menos por unos días, su comunidad musical vibre alrededor del evento.

Para ampliar: “La gestión de festivales escénicos: conceptos, miradas y debates”, Bonet, L. y Schargorodsky, H.; Cuadernos Gescénic, editado por la FCE-UBA y la Universitat de Barcelona, Bcn., 2011. Un libro imprescindible para comprender la lógica de los festivales y la batería de herramientas, acuerdos y acciones que necesitás para diseñar el tuyo.

En síntesis: un festival nos debe ofrecer algo distinto a lo habitual. El carácter excepcional del festival y la singularidad de su programación (basada en artistas internacionales de renombre o prestigio, o en shows, intervenciones o performances que serían imposibles de ver en otro contexto) hacen a la definición de la identidad y la construcción de su marca, en tanto edifican el relato central de lo que queremos decir y compartir con su propuesta.

Lo dicho hasta aquí se completa con la idea de crear un tiempo propio y ayudar a que, por unos días, una comunidad musical vibre alrededor del evento: la previa, la compra de entradas, las esperas, los encuentros con amigos, la multiplicación en las redes sociales, la experiencia, el vivo, el post, los artistas que descubrimos y aquellos que empezamos a seguir; todo esto forma parte de la definición, el carácter y las posibilidades de un festival.

 

TIPOS Y CARACTERÍSTICAS DE FESTIVALES

Más allá de esos rasgos compartidos, no todos los festivales son iguales y podemos ensayar distintas líneas divisorias, algunas más caprichosas y otras más metódicas u operativas. Una primera distinción podría ser identificar la organización promotora, es decir, si es un festival público o privado, si es privado con fines de lucro o si es independiente. También podemos trazar una distinción con respecto a su perfil y contenidos: hablamos de aquellos festivales que hacen de su line-up su diferencial versus aquellos que apuestan todo a los grandes nombres del cartel.

Pero atención: muchas veces lo que parece una estrategia de masividad puede ir en detrimento de una posible construcción de marca. Es así como muchos festivales —estivales, turísticos, patrocinados por una gran marca— optan por apostar a los grandes nombres y relegan la estrategia de generar una marca propia desde lo artístico o lo conceptual. Algunas de estas disyuntivas pueden verse fácilmente en algunos festivales regionales, privados o incluso públicos.

Hecha esta primera salvedad, vayamos de lleno a analizar la tipología de festivales y sus diversas estrategias sin olvidar que tales decisiones y alternativas dan cuenta del conjunto de relaciones entre artistas, públicos posibles y recursos económicos, que a veces funciona “exitosamente”, es decir, que la programación del festival convoque el público esperado.

 

Festivales públicos

Son aquellos eventos diseñados, producidos y financiados —completa o mayoritariamente— por el Estado. Al no estar atados a “que las cuentas cierren”, pueden implicar una gran oportunidad artística y la posibilidad de asumir mayores riesgos en la programación de sus contenidos.

Si bien para resultar “exitosos” pueden incluir la presencia de artistas de renombre, en la medida en que haya estrategias de largo plazo cuentan con un importante potencial para desarrollar una marca y un espacio propio, que a la hora del evento puedan convocar por encima de esos “grandes nombres”.

Tal vez como contrapartida, el festival público debe procurar, ya desde su definición, apuntalar su legitimidad e institucionalización, ya sea a través de una buena lectura de las demandas y necesidades del sector que busca promover (por ejemplo, la emergencia de nuevas escenas, la creación de circuitos de circulación, la internacionalización de la oferta exportable, etc.), de dinámicas precisas de comunicación (por ejemplo, creando canales compartidos, generando nuevas audiencias, motivando su “apropiación” por parte de un sector y/o comunidad, etc.) o mediante una definición sólida de su concepto, sus objetivos y sus estrategias.

 

Festivales privados (con fines de lucro e independientes)

En principio, hagamos una distinción clara entre aquellos festivales privados “comerciales” (u orientados prioritariamente a la generación de ganancias), de aquellos festivales privados independientes (o no lucrativos).

Con respecto a los primeros, y a diferencia de los eventos públicos —sobre todo si incluyen shows internacionales—, los festivales privados presentan una dependencia muy fuerte con relación al aporte de sponsors: son casi una condición de posibilidad para su realización y pueden atentar contra la sostenibilidad y construcción de marca de un festival. Al menos en la Argentina, son pocos los casos de festivales masivos en los que el prestigio y el reconocimiento se posicionan por encima de los “artistas de cierre”: la llegada de los grandes nombres suele atentar contra el resto de la programación, que no siempre resulta atendida y/o cuidada bajo un criterio o concepto definido.

No obstante, cuando hablamos de festivales “privados”, afortunadamente no hablamos únicamente de “grandes festivales”: también van surgiendo numerosos festivales independientes o indies que, con un cartel más pequeño o de escala local y/o regional, comienzan a definir y consolidar su propio espacio en el campo de la música actual.

A la hora de definir este tercer modelo podemos mencionar que, en ciertos casos, suele tratarse de festivales asociados a un sitio o centro cultural, en otros, de eventos a cielo abierto, que con entrada gratuita o paga buscan, a la vez que sostenerse, abrirse paso y otorgar visibilidad a escenas y artistas emergentes. No obstante, también existen casos de festivales “independientes” orientados a la búsqueda de rentabilidad (con presencia vital de medianos y pequeños sponsors), mientras muchos otros se sostienen a partir de colaboraciones —puntuales, esporádicas o sostenidas— por parte de gobiernos, programas gubernamentales, fondos especiales, marcas o medios alternativos de comunicación, etcétera.

Como podemos observar, entre los festivales públicos y los privados las diferencias pueden ser muy notorias. En este sentido, los festivales públicos abren otra posibilidad (a veces aprovechada y a veces no): ser una herramienta estratégica para el desarrollo de políticas públicas. Esta capacidad permite, sobre todo, poner en circulación otras miradas, otras estéticas y otros sentidos (u otro “sentido del riesgo”), asociados al consumo cultural, pero no vinculados exclusivamente a determinadas propuestas exitosas o masivas. Ello puede resultar estratégico sobre todo en la medida en que opere sobre múltiples cambios de manera sincrónica: construcción y convivencia de públicos, visibilidad para determinada escena, posicionamiento de una ciudad o comunidad, miradas alternativas, nuevos negocios sectoriales, equilibrio de la oferta, políticas de diversidad, etcétera.

Sin embargo, la supervivencia de un festival público no es un contrato ciego y el largo camino para su “institucionalización” requiere de algunas precisiones. Por un lado, una lectura precisa del sector musical sobre el que opera: problemáticas, dificultades, aspiraciones, horizontes…

El festival debe ser capaz de trabajar sobre ese sector, su contexto social y cultural, su público potencial, la escena local, etcétera. Un diagnóstico preciso lleva consigo algunas preguntas; es responsabilidad del festival encontrar la mejor síntesis para poder responder a dichas demandas y tener en claro hacia dónde va su plataforma.

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LOS FESTIVALES COMO EMISORES DE SENTIDO

Si pensamos en construir sostenibilidad, además de una acertada lectura del sector, otro aspecto clave es la mirada sobre las audiencias. Por un lado, la estrategia en el diseño de la comunicación (Ampliar al respecto en el capítulo Comunicación y prensa para proyectos musicales) es fundamental para definir a quiénes vamos a interpelar y cómo lo haremos con nuestra propuesta. Y por el otro, vinculado a lo anterior, trabajar las estrategias particulares sobre esas diversas audiencias: públicos actuales, públicos potenciales y construcción de nuevas audiencias.

Uno de los mayores desafíos de la gestión cultural es cómo inscribir nuestras acciones en el imaginario simbólico de una comunidad. De cara a las estrategias de sostenibilidad de un festival, es central legitimarse al interior del propio campo de la música. Nos referimos concretamente a saber con quiénes dialoga el evento: públicos, crítica, industria, profesionales, artistas, etcétera. La creación de la marca y rasgos identitarios del festival, la emisión de un mensaje claro y homogéneo, el fortalecimiento de su público actual y la construcción del potencial, son factores que contribuyen a fortalecer su “legitimidad” y validarlo como actor cultural y “emisor de sentido”.

El festival debe emitir su propio mensaje al interior de su campo, considerando a la crítica especializada, los festivales, las asociaciones, los sellos discográficos multinacionales e independientes, los medios alternativos, los trendsetters y los organismos e instituciones del sector. Una vez posicionado, identificando y acompañando una escena, el festival estará en condiciones de construir un discurso propio, definir metas en el corto y mediano plazo, sostener una política de construcción y ampliación de públicos, etc.; es entonces cuando el festival se construye como un emisor legitimado dentro del campo.

El festival es hoy un nodo vital para el desarrollo de negocios, la circulación y la creación de audiencias en el mundo de la música. Desaparecido el CD, los festivales —como espacios de encuentro y experiencias— buscan consolidarse como el vehículo ideal para conocer y reconocer escenas musicales.

 

UN MAPA FEDERAL CRECIENTE Y DIVERSO

Históricamente, los gobiernos solían acompañar —de manera más o menos directa— el desarrollo de festivales de folklore. En la década del 60, el boom de los festivales llevó a consolidar una suerte de red nacional de festivales, pero con varas distintas a la hora de programar o pensar sus modelos de sustentabilidad. Lamentablemente, muchos de ellos sostienen su continuidad más en los nombres propios de quienes participan que en las propuestas que se proponen.

En los últimos 20 o 25 años, comenzaron a aparecer nuevos festivales a lo largo de todo el país y en distintas escalas. Desde entonces podemos identificar festivales más grandes, usualmente asociados a una marca (los casos de los “Pepsi Music”, “Personal Fest”, “Brahma Cosquín Rock”, “Movistar Free Music”) y producidos por grandes empresas de eventos. Tal como mencionamos, se trata de acontecimientos que suelen basarse en grandes acuerdos con marcas, o incluso con gobiernos locales, que les permiten sostenerse año a año.

Algunas excepciones son los casos más recientes de Music Wins, ciertas ediciones del BUE o el modelo inusual del festival Ciudad Alterna, propuestas sólidas donde podemos advertir una programación cuidada, alternativa y novedosa. También, aunque a otra escala, existe un sinnúmero de festivales más pequeños. Muchos de ellos se hacen en acuerdo con los espacios donde se realizan, tienen una periodicidad anual (Music is my girlfriend, Festi Laptra, Desde el Mar, etc.) y luchan cada edición por sortear sus dificultades financieras, y fortalecer sus armados y alianzas para potenciar su proyección. Afortunadamente, los festivales independientes son una buena noticia: oxigenan y nos acercan a nuevos artistas.

Finalmente, podemos mencionar los festivales organizados por instituciones públicas. Aquí también los modelos son variados: desde aquellos que echan mano a grandes artistas, hasta casos más interesantes, que consiguen concretar un vínculo productivo entre nuevos artistas y sus públicos. Algunos de ellos presentan, además, propuestas definidas, donde nuestra presentación podrá ser más previsible, esperada y también más provechosa. Podemos citar los casos de Ciudad Emergente, en Ciudad de Buenos Aires, el Festival del Bosque (FIFBA), en la ciudad de La Plata y el festival Toque en Tecnópolis, que aparecen como festivales donde esas variables son atendidas.

A nivel internacional, también debemos decir que se está consolidando un interesante circuito de festivales regionales de rock: han surgido eventos que están generando interesantes corredores de circulación para los artistas latinoamericanos, a la vez que desarrollan encuentros profesionales para fortalecer y desarrollar esa movilidad. Algunos de ellos son los festivales Vive Latino (México), Estereopicnic y Circulart (Colombia), Pulsar (Chile), Festival Verde de Cultura Musical (FVCM; Panamá), Festival FFF (Ecuador), Virada Cultural (Brasil), entre otros.

 

LLEGAR A UN FESTIVAL

Los festivales implican una organización particular que, usualmente, trabaja con varios meses de antelación (en algunos casos un semestre entero y en otros pocos durante todo el año). Por lo general, cuentan con un equipo de dirección (responsable de las finanzas y la dirección artística y operativa del evento) y equipos de producción, programación y comunicación.

En líneas generales, los festivales miran, por un lado, la programación —generando así una o varias líneas curatoriales, de acuerdo a los espacios disponibles, el presupuesto y el contexto de realización—; por otro a sus públicos (contemplando público general, vínculos con pares del exterior, marcas y alianzas que acompañan el evento, etc.) y, finalmente, las políticas que busca llevar adelante.

Hay muchos festivales que hacen las veces de legitimadores para determinados artistas. Y algunos festivales y lugares se han convertido en verdaderos puntos de llegada para los músicos. Y es así porque muchos festivales han hecho de su concepto una marca. Para una banda puede ser una buena estrategia, por ende, participar en ellos.

En ese sentido, es importante poder identificar cuáles y por qué son festivales que pueden resultarnos interesantes. Para elegir cuáles de ellos priorizar, debemos saber qué podemos esperar de cada uno: consolidar público a nivel local, apostar a la circulación en circuitos nacionales, insertarnos en redes de trabajo y colaboración más amplias, trabajar el mercado latino, exportar licencias a países de habla hispana, abrir el mercado europeo, etcétera.

El trabajo de consolidar un proyecto requiere estrategias diversas que, naturalmente, pueden correr en paralelo: fidelizar una comunidad de seguidores en redes sociales, repertorios sólidos y a prueba de festivales, definir la formación del vivo, sonar en los medios, generar cierta red de contactos en distintas escalas. Cada definición del proyecto va a abonar, indefectiblemente, la decisión de apostar a ciertos festivales y no a otros.

 

Los programadores

Cuando los festivales son gestionados profesionalmente, existe el llamado “equipo de programación” o programadores. Hay varias maneras de llegar a ellos y, lamentablemente, no hay fórmulas mágicas, sino trabajo sostenido. Desde ya, puede suceder que identifiquemos al programador de un festival, escuche nuestro disco y quede encantado. De hecho, el programador también imagina encontrar una banda hasta ese momento poco conocida y echarla a rodar en el mundillo musical. Pero estos casos son los menos. En general, hay que encontrar la manera de llegar “a los oídos de” y allí “provocar” una convocatoria. Casi como en el fútbol.

Para ello, recomendamos ser breves y contundentes con el material que entregamos. A los programadores no les suman las carpetas de prensa con fotos. Tratemos de ser sintéticos en lo que contamos de la banda y dejarle dos o tres links: uno con el disco de estudio (si puede bajarlo, mucho mejor), uno con una presentación en vivo (asegurarnos de que tenga buen sonido) y los links a nuestras redes sociales. Con eso será más que suficiente.

Obviamente, todo parte del talento: debemos demostrar versatilidad, sonido propio, buenas ideas y actitud sobre el escenario. Pero eso es otro capítulo. Para acceder a un programador, lo mejor es circular por esos espacios comunes.

Luego es cuestión de organizar un seguimiento del material como para asegurarnos que ha sido escuchado y, de ser posible, obtener una respuesta de su parte. No insistamos de más. Si nuestro material es bueno, debería funcionar. Y si no es en esta oportunidad, será en la siguiente. Aunque no seamos programados, podemos trabajar para asegurarnos un buen “boca a boca”.

En caso de formar parte de la programación del festival, ya entramos en otra esfera de responsabilidades (ampliar al respecto en el capítulo Producción técnica en vivo): entregar en buenas manos nuestro material de prensa, tener claridad y precisión sobre el día, hora y escenario del show, intentar asegurarnos una buena prueba de sonido (aunque se hacen pocas y, en general, para los shows más grandes) y optimizar las herramientas de planificación entre nuestros responsables técnicos y los de la organización que gestiona el festival.

 

ALGUNAS CLAVES FINALES PARA APROVECHAR LOS FESTIVALES

Todo para ganar: aprovechemos al máximo los momentos que tengamos durante un festival. Ya sea que nos presentemos ante un público que no nos conoce, que se acerca porque escuchó hablar sobre nosotros o porque está esperando al show que sigue, tenemos todo para ganar: tocaremos para gente distinta y nueva que, a partir de entonces, podrían transformase en nuestros seguidores.

No todo es el escenario principal: aunque nos tiente la ecuación, es posible que nuestra banda saque mejor partido en el segundo o tercer escenario, más que en el principal. Llegar al escenario central de un festival es un proceso de varios años, que requerirá mucho entrenamiento arriba y abajo del escenario, un piso determinado de fans, un repertorio sólido y una performance sin fisuras. Todo a su tiempo.

Mejor, anticiparnos: muchas veces los programadores trabajan los festivales bajo la idea de una fiesta que crece o preparando el terreno para que se luzcan las propuestas de cada artista. Otras veces, lamentablemente, eso no ocurre: grillas que exceden sus horarios, alteración del orden de los grupos sin previo aviso, etc. Debemos estar preparados para estos avatares, poniendo reglas claras antes del show, o contemplando la posibilidad de declinar invitaciones y esperar por mejores condiciones.

Hablar poco, sólo música: hablar o intentar establecer diálogo con un público totalmente desconocido puede ser una experiencia no aconsejable y/o llevarnos a un “mal momento” escénico. El desafío es mantenernos receptivos a lo que ocurre abajo del escenario, pero cultivar una postura profesional para estar a la altura de lo esperando con nuestro show.

Shows directos, breves y arriba: diseñemos y sostengamos presentaciones contundentes y que no desgasten a nuestros espectadores: que el público se quede con ganas. Optemos por un show más acotado cuando tocamos frente a un auditorio que no nos conoce. Trabajemos fuerte para dejar una impresión efectiva, profesional y que genere el interés de volver a escucharnos.

Llamar la atención, sin perder la línea: no olvidemos buscar y mantener la atención del público. Vestuario, instrumentación sorpresiva, visuales, intervenciones, artistas invitados: integremos aquello que sume al formato de nuestra presentación. Si compartimos la jornada con otras propuestas busquemos elementos que nos destaquen, que generen impacto y que transmitan el concepto de la banda.

Ajustar el repertorio a horarios, propuestas y públicos: analicemos a fondo el contexto en el que nos vamos a presentar: quién es nuestro público, quién nos va a preceder, quién viene después, cómo es el escenario, para cuánto público tocaremos (puede ser una carpa, un escenario acústico e íntimo, un escenario abierto y alto). En cada situación la propuesta sonará y se vivirá de una forma distinta. Sería ideal que definamos repertorio, formato y propuesta para cada una de esas alternativas posibles.

Un show, múltiples públicos: cuando tocamos en un festival no sólo estamos alimentando un potencial público, también nos pueden ver periodistas especializados, programadores de otros festivales, responsables de sellos, bookers, directores de salas, etc. Quizás haya un espacio puntual para que estos encuentros sucedan, si no, procuremos generarlos; ellos también son posibles contactos a seguir.

Tres líneas de trabajo: lo que los periodistas y críticos especializados puedan escribir o comentar sobre nuestro show (con Twitter ya no es necesario pedir una nota en un gran diario); el contacto con programadores de salas y festivales que podrían convocarnos para otros circuitos (locales, alternativos o internacionales); la vinculación con responsables de sellos y/o colectivos que podrían incluirnos en sus catálogos digitales o físicos.

Mucho trabajo, antes, durante y después: tal como hemos visto, participar de un festival requiere mucho esfuerzo y dedicación. Si nuestra propuesta es talentosa y tiene potencial, muchísimo mejor. Pero recordemos que es vital el trabajo abajo del escenario: antes, durante y después del festival.

Esperamos haber compartido algunos conceptos, herramientas y claves que nos ayuden a prepararnos de la mejor manera a la hora de enfrentar los públicos, escenarios y contactos que integran los festivales musicales como plataformas destacadas de circulación y visibilidad.